Por favor, ayúdame a escapar

“Por favor, ayúdame a escapar” es un relato de ficción sobre acoso escolar

 

Por Jesús Fernández, para Sociograma.net, de BuddyTool

 

Apenas le bastarían unos segundos para abrir la ventana del baño.  Del último, el del fondo.  El único que tenía una salida al exterior.  No estaba dispuesto a desaprovechar esa oportunidad. No todos los días podía dar esquinazo a Nicolás y sus matones.  Pero aquella vez sí lo iba a conseguir.

 

    Mientras abría el pestillo, que estaba un poco duro, Raúl iba repasando  mentalmente la trayectoria que lo llevaría a salvar el pellejo por esa vez.  Parecía sencillo:  de la ventana al suelo no había más de dos metros, según sus cálculos.  Se dejaría colgar de espaldas hacia abajo con las manos, como le había enseñado su padre, para así restar distancia en la caída. Después, era poco más que dejarse caer y flexionar bien las rodillas al aterrizar en el suelo.  Y luego correr. Como una bala.  Atravesaría el patio exterior, donde está el aparcamiento de bicis y scooters siempre vacío de gente y se escaquearía  hacia el otro patio, donde a esa hora estaban todos en el recreo, justo al otro lado del edificio. Con todo el mundo allí, Nicolás no se atrevería a hacerle nada.

 

Como le pillaran intentando escapar, podía darse por muerto

    Había trazado el plan mil veces en su cabeza y nada podía fallar.  No estaba dispuesto a soportar ni una bofetada más.  Ni mucho menos a quedarse sin comer o a que le dejaran todo su material hecho un churro.  La última vez, su madre se había puesto furiosa al ver destrozado su nuevo cuaderno, y tras oírle confesar que había perdido el estuche y el compás nuevos.  Ella no le decía nada, pero sabía que en su familia no pasaban precisamente por su mejor momento, y que cada compra extraordinaria era un sacrificio.  No quería darle más preocupaciones a su madre.

   Su padre se había quedado hacía ya tiempo sin trabajo, ella estaba empleada en una tienda, y encima continuaba haciéndolo todo:  la comida, las camas, la limpieza, mientras su padre buscaba trabajo por internet enviando currículums.  Por eso tampoco podía decirle que esos niños le robaban la comida y a veces también el dinero, si llevaba algo, que solía ser los miércoles y los viernes, cuando iba a jugar al fútbol después de clase. Esos días su madre le daba tres euros para comprarse un bollo y un batido antes de subir al autobús camino del entrenamiento.

Ese día resulta que había alguien ahí, en el baño.

    —Mierda—pensó Raúl nada más entrar y comprobar que el pesado de Nando tenía que estar precisamente allí lavándose las manos.  Era el hermano de uno de sus amigos, un año más pequeño que él.  Iba a de 5º de Primaria.  Le vio entrar zumbando, huyendo de Nicolás, que como siempre iba acompañado por sus secuaces, Arturo y Víctor.  Ahora le preguntarían a Nando si él estaba allí.  Jamás hubiera pensado que su vida pudiera llegar a estar en manos de ese niño.

 

    —Por favor, que no me delate; por favor que no me delate— era todo lo que podía pensar Raúl en ese momento, ya a punto de escurrirse por la ventana.

 

    Entonces todo pasó muy deprisa.

 

    —¿Dónde está ese “pringao”?—preguntó Nicolás.  Nando dudó por un momento de lo que hacer y no dijo nada. Se quedó literalmente paralizado, mudo.

 

    —¿Que dónde está, te digo?, ¿o es que estás sordo, chaval?—le increpó cogiéndole por el cuello.

 

    Sucedió lo inevitable.  

 

    —Yo no sé nada—balbuceó Nando—.  Ha entrado Raúl ahí al baño del fondo, si te refieres a él—le delató.

 

    Pero esa parte ya no la pudo escuchar Raúl porque ya había saltado.  Ahora corría, cojeando un poco pero de acuerdo a su plan,  mientras Arturo y Víctor empujaban la puerta del baño con el hombro, a las órdenes de Nicolás.

 

    —¡Te vas a cagar! ¡Forzad la puerta,  vamos!—les imponía.

 

    Al tercer empujón descubrieron el pastel tras asomarse a la ventana y verle correr.

 

    —¡Se nos ha escapado, menudo cabrón!—gritó uno de ellos.—¿Qué hacemos?—se giró hacia Nicolás esperando instrucciones.

 

    —¡Bah, ya déjale!—se lamentó falsamente entre risas—¡Qué avispado, ya le cogeremos mañana!—sentenció.

 

 

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