FOBIA SOCIAL ENTRE ADOLESCENTES
Escuela, bullying y la tentación de desinhibirse con sustancias
La adolescencia es un laboratorio social. Se aprende a hablar a encajar, a discutir, a ligar y, en suma, a pertenecer. A la vez, es una etapa en la que el cuerpo y la mente están especialmente sensibles a la mirada ajena. Conseguir experimentar las relaciones sin ansiedad es el sueño de todo adolescente. Sin embargo, para algunos niños, la mirada de los demás no sólo resulta incómoda, sino que se vuelve una amenaza constante. Es entonces cuando podemos hablar de la fobia social: una forma de ansiedad que no es timidez, sino un miedo intenso y persistente a ser juzgado, humillado o rechazado por otros niños de similar edad.

La fobia social muchas veces pasa inadvertida
Muchas veces se camufla como “es vago”, “pasa de todo”, “es raro” o “está con el móvil todo el día”. En realidad, el adolescente puede estar evitando el recreo, las exposiciones en clase, el grupo de WhatsApp, los planes del fin de semana o incluso comer en el comedor. Y cuanto más evita, más crece el miedo. Es un círculo que empobrece la vida social justo cuando más se necesita entrenarla.
Qué suele pasar por dentro
Un adolescente con fobia social puede anticipar el peor escenario: “me voy a quedar en blanco”, “se van a reír”, “voy a hacer el ridículo”, “se notará que estoy nervioso”. Esa anticipación dispara algunas respuestas de ansiedad en el cuerpo: taquicardia, rubor, sudor, temblor, tensión en la garganta, sensación de mareo o ganas de salir corriendo. El problema es que, desde fuera, esas señales se interpretan mal. Y en el colegio, donde se imponen las jerarquías sociales del grupo, esa vulnerabilidad a veces se convierte en diana.
El riesgo de bullying y el mito de no tener habilidades sociales
Es verdad que algunos chicos con fobia social tienen menos soltura social porque han evitado las interacciones susceptibles de rechazo durante años. Pero eso no significa que no valgan socialmente, sino que han tenido menos oportunidades de ensayar. El punto clave es que la falta de práctica puede hacerlos más vulnerables a dinámicas de exclusión, burlas o acoso. A veces el bullying no empieza con una agresión evidente, sino con pequeñas señales: bromas repetidas, apodos, imitación, miradas, silencios estratégicos, “nadie se sienta con él”, “nadie le escribe”.
Cuando esto ocurre, el adolescente aprende una lección falsa: “mi miedo estaba justificado”. Y el círculo se cierra más. Por eso, el enfoque educativo es esencial: clima de aula, normas explícitas sobre el trato, adultos disponibles, detección temprana y un mensaje claro de protección. También ayuda recordar algo básico: las habilidades sociales se entrenan. No son un don, son una competencia.
El atajo de desinhibirse con sustancias

Aquí aparece una tentación muy frecuente: “si bebo, se me quita la vergüenza”. El adolescente descubre que ciertas sustancias reducen la inhibición y hacen que hablar, acercarse o “aguantar el plan” parezca más fácil. Es un alivio rápido, pero engañoso. En este punto conviene hablar claro de las drogas depresoras del sistema nervioso, que pueden disminuir la timidez en el momento: alcohol, benzodiacepinas (cuando se usan sin control médico) y otras sustancias con efecto sedante como el CBD.
¿Y qué pasa con lo “legal” o lo “natural”?
En conversaciones adolescentes aparecen referencias a productos “suaves” o “legales” como si fueran neutrales. A veces se cita el CBD como parte de esa cultura del bienestar. El punto educativo no es demonizar ni idealizar, sino entrenar pensamiento crítico: qué evidencia hay, qué expectativas se están vendiendo, qué riesgos existen, qué edad tienes, qué te está pasando por dentro y qué alternativas reales tienes para regularte.
Si el objetivo es dejar de padecer fobia social y nervios con las interacciones entre iguales, conviene no confundir calma con anestesia. Y puesto que el tema circula mucho en redes, puede servir como ejemplo de conversación responsable enlazar contenidos que el adolescente encuentra en medios como para abrir un debate más amplio sobre cómo buscamos alivio y por qué. La clave es que el adolescente no se quede solo con el titular.
Lo que mejor funciona: educación emocional y exposición con apoyo

El contexto familiar ayuda al adolescente con fobia social, al ofrecerle un espacio de seguridad
La fobia social mejora cuando se trabaja en dos frentes: comprensión del problema y práctica gradual. Algunas ideas educativas, sencillas y potentes, que suelen ayudar:
- Nombrar lo que pasa: “esto es ansiedad social, no eres raro”.
- Romper el silencio: elegir un adulto de referencia para contar lo que ocurre.
- Entrenar habilidades sociales reales: iniciar conversaciones cortas, pedir algo, sostener una mirada, tolerar silencios, aprender a salir de una broma sin atacar.
- Exposición gradual: no tirarse a lo peor; subir escalones pequeños, repetidos y medibles.
- Proteger el contexto: si hay bullying, no se puede pedir “valentía” sin intervenir el entorno.
- Reducir la autoexigencia: el objetivo no es ser brillante, sino estar presente.
La adolescencia no debería ser una prueba de resistencia en soledad. Si un chico teme a los demás, lo último que necesita es que se le ridiculice. Necesita adultos que entiendan la dinámica social, compañeros que no conviertan la vulnerabilidad en espectáculo y espacios donde practicar, poco a poco, hasta que la vida vuelva a ser vivible.
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